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domingo, 6 de febrero de 2011

Túnez

"When courageous young people risk their lives to rise up against a supercorrupt authoritarian regime and actually succeed in deposing the president, one has to applaud. Whatever happens next, it was a good moment for humanity. The question always is, what comes next?"
Immanuel Wallerstein

miércoles, 19 de mayo de 2010

Sostener la alegría

Jema El Fna se llama la plaza a la que abrevan los entreverados caminos de la ciudad de Marrakech. En árabe, significa ‘asamblea de los muertos’ porque antiguamente solían exponerse en esta plaza las cabezas de quienes habían violado algún código civil o divino, para escarmiento y como advertencia. Curiosamente, ahora la plaza brota vida por todos sus poros.
Cuando mengua la ferocidad del sol y el calor afloja un poco su látigo (un pedazo de sombra es un territorio sagrado), la gente se vuelca a la calle y hace de la noche el día. Se vuelca a las calles oblicuas en una danza enrevesada y esquizofrénica. Se mezclan las trayectorias de carruajes, motos, burros, camiones, bicis, transeúntes, gatos, y otros artefactos que se mueven en todas direcciones, a cualquier velocidad, al mismo tiempo, toreándose y bailando sin ningún barómetro, sin ningún semáforo, sin ningún carril. Se vuelcan a las calles y confluyen por cualquier camino en esta plaza, que es una suspensión de partículas brillantes articuladas por un momento. Alguien lo había notado ya, Jema El Fna no es un espacio físico, una parrilla de cemento, es un acontecimiento, un suceso explosivo que se monta cada noche en mitad del desierto. Alguien lo había notado ya. El lenguaje nos confunde: en Marrakech no hay una plaza llamada Jema El Fna, sino que sucede algo llamado Jema El Fna. Lo que hay aquí no es un espacio urbano sino un hecho social, un ‘hecho subversivo’.
De este lado los cuarzos, los inciensos, los tés y las especias, las fragancias y los remedios venidos de todos los rincones del desierto y las montañas. Más allá llegan los domadores de monos, los encantadores de serpientes con sus cobras bailarinas, los adivinos y los curanderos. Por aquí se hace una aglomeración en torno a los cuentacuentos, la gente con boca y ojos abiertos. Por ahí las dibujantes del henna, las naranjas exprimiéndose, los fogones a plena brasa, los tambores y los cantos. Basta con una cajetilla de cigarros media llena para tener un puesto de comerciante en este suelo. Todo sucede en un caos milagrosamente auto-regulado.
Las instituciones más naturales para el mundo occidental se resquebrajan. El valor monetario, por ejemplo. Las cosas en estos mercadillos no tienen un precio determinado, definido de antemano, preexistente a la relación social que se establece entre quien compra y quien vende. El precio sólo emerge a partir de la relación social y a través de ésta, y por eso el precio de algo cambia constantemente. Tiene que ver con la conversación, con el regateo, con los acuerdos, con la cercanía y la solidaridad que se construya o no en la relación comercial, que es ante todo una relación humana… cosa que para nuestros hábitos mercantiles suena a verdadero absurdo.
A sabiendas de que lo que pueda afirmar sobre esta plaza/acontecimiento no es más que una metáfora, un optimismo literario, un tropo, me atrevo a decir que este caos auto-regulado y mutante, esta autopoiesis artística, encarna la alegría de la vida. Es alegre la vida porque se sale del conducto al que le han confinado, como un río que se desborda y abre cauces inesperados. Esta vez no tenemos definición de diccionario para ‘alegría’, no nos referimos a una variable bien definida, sino a un producto colectivo y cambiante, a una experiencia escurridiza. Tampoco tenemos definición para ‘vida’, a no ser aquello que está dejando ser algo para convertirse en otra cosa, que va incesantemente del hecho a la posibilidad, es decir, que escapa continuamente a su propia definición. En esta plaza se sostiene la alegría de la vida que es un salto del renglón hacia el garabato. Alegría necesaria para darle un vuelco a los ahogos del mundo y amamantar la esperanza, si alguna nos queda.