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jueves, 12 de agosto de 2010

Para qué sirve saber de ciencias sociales

Aquí comparto un texto que se ha publicado en el periódico mexicano La Joranada, hace algún tiempo y que intenta argumentar por qué se beneficiarían otras áreas de conocimiento de las consideraciones y advertencias que provienen de reflexiones de un sector de las ciencias sociales en torno, precisamente, a la naturaleza y el valor del conocimiento en relación con la vida social. Lo comparto a colación de debates que siguen germinando y que por estos días curiosamente se han asomado de éste y del otro lado del charco.

Seguimos en el laberinto.

sábado, 24 de abril de 2010

Plancton

¿Te acuerdas cuando hablamos del plancton? Dijiste que eran como pequeñas migas de savia suspendidas en la marea, formando un reino aparte, echadas de los dominios del necton donde habitan los seres que nadan activamente. Quienes le conocen han catalogado al plancton como parte de los productores primarios, a diferencia de nosotros que pertenecemos al lado de los depredadores y los comensales. ¿Por qué? Juega el papel de un ejército de eslabones minúsculos de donde pende todo el peso de la cadena trófica. El plancton alimenta a equinodermos, crustáceos y larvas que, cuando crecen, son la hogaza de peces pequeños que a su vez sustentan a otros peces más grandes como el atún, el pez espada y el tiburón, que son el manjar de peces más gordos, como nosotros. El problema empieza cuando una buena parte del dióxido de carbono producido por el uso de nuestros combustibles decide ir a disolverse a las aguas marinas y aumenta la acidez de las aguas a tal punto que las poblaciones de plancton, diseñadas para habitar un entorno ligeramente alcalino, están ahora en severo riesgo de colapsarse. Si las poblaciones de plancton se vienen abajo, cae con ellas el complejo sistema alimenticio que sostiene la vida en los océanos. Y esto sencillamente porque la pirámide alimenticia oceánica depende mayoritariamente del plancton. Si el plancton muere, la pirámide entera se derrumba. Sin fitoplancton no hay zooplancton y sin éste no hay peces, ni ballenas ni morsas ni gaviotas ni las aproximadamente 1.4 billones de personas en el planeta que dependemos del mar como fuente primaria de proteína animal. Las consecuencias innumerables de esta ruptura podrían seguirse enumerando.
Y entonces uno se pregunta si es posible que hayamos cruzado ya el umbral definitivo, el punto de no retorno, la frontera a partir de la cual no hay marcha atrás, y estemos parados ahora, sin saberlo, al otro lado de la supervivencia. En dicho caso, estaríamos asistiendo como espectadores a la macabra función de nuestro propio crepúsculo, de la caída de aquello que nos hemos montado como el espectáculo de la vida: nuestros asientos asegurados para presenciar el desplome de la savia. Es posible que nos levantemos en mitad de la sala oscura para decidir asistir otro montaje (de hecho hay quienes lo hacen). Pero es probable que permanezcamos sentados, sumergidos en las estrechas butacas que nos han asignado, impávidos a través de toda la absurda trama, esperando el anticipado y previsible desenlace de la obra que nos compramos, de la obra de la vida amenazada y en declive, de la obra de la muerte de la vida… que es también nuestras vidas.

lunes, 22 de marzo de 2010

Artículo en Discurso & Sociedad

Hemos publicado, junto con Lupicinio Íñiguez, un artículo en el nuevo número de la revista Discurso & Sociedad, dirigida por Teun van Dijk. El artículo se titula "La Fabricación del Trastorno de Identidad Sexual: Estrategias discursivas en la patologización de la transexualidad", y consiste en un análisis del discurso de un fragmento del DSM-IV buscando desafiar el estatus naturalizado de la categoría psiquiátrica que sirve para considerar a la transexualidad como patología y diagnosticarla. Y ésta es una invitación a leerlo, comentarlo y difundirlo. Aquí el artículo.

martes, 2 de marzo de 2010

El siglo de las hiperluces

Nuestro imaginario cotidiano está poblado por los mitos heredados de la Ilustración. En el ‘siglo de las luces’ la voluntad divina fue destituida y en su lugar se instauraron los poderes de la razón. El oscurantismo de la superchería dejó lugar a la nitidez de las causas naturales. Y cuando la ‘diosa Razón’ tomó el trono, expulsó del reino de la Verdad a la asimetría, al defecto, a lo temporal, a la emoción, a la noche.
El modelo de ser humano detrás de esta cosmovisión es el de un sujeto (hombre, por excelencia) con unos poderes racionales que le permiten desenmarañar la urdimbre que es el mundo y dar con la verdad pura. Su mente es vista como una lente transparente por la que se transluce la realidad tal cual es, objetiva y clara, al margen de las contaminaciones de los juicios y valores de los simples mortales. Su tarea consiste en desvelar los misterios de la naturaleza sin dejar huella de sí mismo en el proceso. Por consiguiente, el conocimiento último que se obtiene por este camino tendría que ser trascendental, ahistórico y universal. La promesa era ciertamente luminosa: la dilucidación racional y la observación empírica nos pondrían en la ruta del progreso y nos brindarían las certidumbres necesarias para regir correctamente nuestras vidas y nuestras sociedades. He aquí el imaginario legado a la época moderna, que nutrió el desarrollo de la institución científica (convertida en la nueva ‘guía espiritual’) y también buena parte del sentido común con que nos manejamos en la vida cotidiana. Es un hecho que la ciencia y su otra cara, la tecnología, han sido las grandes protagonistas de nuestro tiempo, ofreciéndonos posibilidades incalculables y llevándonos a lugares inesperados. Tal ha sido su protagonismo que sin duda han determinado mayormente la configuración del mundo que habitamos. Pero los resultados no han sido precisamente los esperados por la vieja promesa ilustrada.
En lugar de avanzar paulatinamente hacia un conocimiento unívoco, hacia la respuesta correcta para entender el mundo y gobernar nuestras vidas, nos hemos despertado en un mundo regido por una incontrolable multiplicidad que no cesa de explotarnos en las narices. A lo largo y ancho de la geografía científica –sociología, psicología, biología, matemáticas, física- se empieza a asumir que todo conocimiento es parcial, histórico, y que es imposible evitar la marca humana en su manufactura. Más aún, se argumenta que la ciencia no sólo describe sino que construye al mundo precisamente porque sus productos no son neutrales y encarnan unas posibilidades y no otras.
En el ámbito social basta con mirar la calle y la vida. Las identidades se han vuelto fluidas. La envoltura se confunde con el contenido. Cada vez más la experiencia virtual se vuelve parte medular de la vida cotidiana, cada vez más nuestras vivencias locales están relacionadas con procesos globales. El movimiento ecologista convive con la cultura del consumo, y el desarrollo del feminismo con la amenaza del holocausto nuclear. En suma, las luces que otrora prometieran caminos de certidumbre y orden, hoy parecen saturar el panorama dando una desconcertante sensación de vértigo. Y esto nos invita a replantearnos la manera en que hacemos divulgación científica. Quizá esta tarea ya no pueda ser vista únicamente como la transmisión limpia de datos científicos indiscutibles para información de no-científicos, “para que el grosso se entere”, sino como un espacio de discusión sobre los vínculos que unen nuestras vidas con las prácticas tecnológicas y científicas: lo que vincula nuestros sueños, nuestras conductas, nuestros cuerpos con aquel mundo. Paradójicamente, este tiempo de hiperluces nos llama a cultivar las controversias científicas más que a suprimirlas, y a situarlas en el ámbito público y social al que pertenecen.