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sábado, 7 de mayo de 2011

Žižek, Cuarón y el fin de la humanidad


“Estamos en el año 2027. La especie humana se ha vuelto infecunda y el habitante más joven de la Tierra, nacido hace dieciocho años, acaba de morir en Buenos Aires. El Reino Unido vive en estado permanente de emergencia: brigadas antiterroristas persiguen a inmigrantes ilegales, y el poder estatal controla a la población decreciente que vegeta en un hedonismo estéril.” Así narra el filósofo esloveno Slavoj Žižek el escenario en que discurre la película Children of Men (Niños del hombre), de Alfonso Cuarón. Apunta, además, que este escenario juega, atípicamente, un rol central en la historia. En contraste con la tradición cinematográfica hollywoodiense, donde el escenario sirve sólo como telón secundario, como parapeto para que el héroe realice su hazaña o para el feliz reencuentro de los amantes, el escenario que Cuarón nos ofrece puede leerse también como la tesis central del argumento, como la médula del problema que se plantea. El trasfondo de un Londres caótico, violento, policial, ingobernable. El nuevo apartheid mundial. La inmigración, el control de las fronteras, son la gran amenaza y la gran guerra en un contexto donde la especie humana no puede reproducirse más. Por el otro lado, la post-crisis de la sociedad del hiperconsumo y la cultura mediática. En palabras resumidas, nadie más vendrá a este mundo y quedan los restos de una especie beligerante y en decadencia social y cultural. Žižek se pregunta si ese escenario, que acompaña y da sentido a toda la trama, es algo más que una imagen apocalíptica de la ciencia ficción de la industria del entretenimiento. A lo mejor –piensa- ese hipotético escenario es también el telón de fondo de nuestras vidas: “¿No son acaso estos dos aspectos –la permisividad hedonista, además de las nuevas formas de apartheid social y control basados en el miedo– los que caracterizan a nuestras sociedades?”

Cuarón y Žižek coinciden en que la tiranía de nuestro tiempo ya no tiene el rostro del Gran Hermano, el gran aparato sombrío y burocrático, explícitamente autoritario. La tiranía de nuestro tiempo viene en envase mejorado, su presentación es sofisticada y sus maniobras plásticas y estilizadas. Cuarón dice que la tiranía del siglo XXI bien podría llamarse “democracia”. Y Žižek lo elabora: “esta es la razón por la que los gobernantes del mundo actual no son burócratas orwellianos totalitarios, grises y uniformados, sino administradores democráticos ilustrados y cultos, y cada uno o cada una con su propio ‘estilo de vida’”.

El filósofo usa el cine como un dispositivo de pensamiento. Explota la potencia visionaria que surge del contacto entre la ciencia y la ciencia ficción. El futuro que puede explicar el presente. “Niños del hombre no es, obviamente, una película sobre la esterilidad como problema biológico. La infertilidad de la que trata la película de Cuarón fue diagnosticada hace mucho por Friedrich Nietzsche, cuando percibió el modo en que la civilización occidental avanzaba en dirección al Último Hombre, una criatura apática, sin grandes pasiones o compromisos. Incapaz de soñar y cansado de la vida, no asume ningún riesgo y sólo busca lo cómodo y lo seguro, una manifestación de tolerancia hacia todos.” Pero esta tolerancia, valor pregonado en las sociedades occidentales neoliberales, cada vez más adquiere la forma de “condena de cualquier cercanía excesiva de otro ser humano real, con sus deseos, temores y placeres”. Tolerancia suele significar que “el otro es aceptable mientras su presencia no sea invasora, mientras el otro no sea realmente otro.”

A estas reflexiones nos invitan Žižek y Cuarón. A plantearnos el fin del mundo, la decadencia de la especie, como una cosa de hoy, como un síntoma de nuestro tiempo. Quienes crean y recrean estas ficciones están también discutiendo. Además de ocio, el cine es también un espejo. O, mejor dicho, una pizarra donde vamos escribiéndonos. Y ahora estamos ahí, en mitad de la escena, buscando desesperadamente la barquilla de nuestra supervivencia.

sábado, 29 de enero de 2011

Singladura de un año nuevo

Con Fernando Zarco

Desperté al escuchar que el mar rumiaba cerca de mi puerta. Un atolondrado sentido de orientación temporal me sugirió que estaba en los preludios del alba. Un exhausto sentido de orientación espacial me recordó que estaba durmiendo en una choza diminuta de palma y madera, en las orillas de Golfo de Aqaba, sobre la arena. Salí de entre los mosquiteros, abrí la puerta y comprobé que el agua estaba golpeando el costado frontal de la choza: un tronco de palma tumbado que hacía las veces de muro exterior e inauguraba una breve estancia de arena que precedía la puerta de la pieza. Las olas, apresuradas e insistentes, pero relativamente débiles, reventaban sobre el tronco de palma. Parecía que la contención funcionaba y el cansancio me convenció de echarme a dormir de nuevo. Al cabo de un lapso inestimable, el rumor embarneció y al asomarme las olas ya estaban dando brincos sobre la valla y empezaban a inundar los alrededores. Por un momento pensé que el agua entraría a la choza para llevarse las pocas cosas que me quedaban, pero la corriente parecía respetar los contornos de la pieza. Decidí mantenerme vigilante y me instalé al lado de la puerta, en una breve antesala de arena cubierta por roídos tapices beduinos. Mientras hacía como que leía, miraba de reojo las olas que se atrevían a llegar cada vez más cerca. Despistadamente, con cara de disimulo, el mar se iba metiendo debajo de la choza, aislando el sombrero de palma, y yo le iba dejando porque contra todos los pronósticos no llegaba a mojar el interior de la guarida: salpicaba con furia pero los chorros nunca me alcanzaban, quedaban a unos centímetros de mis pies o de mi costado. Ante esta sobrada improbabilidad opté por no tomar cartas en el asunto hasta que el mar no se metiera conmigo. Pero pronto noté que el agua había rodeado completamente la choza y, aunque no la había inundado, la empezaba a desplazar disimuladamente sin removerla de la manta de arena sobre la que estaba puesta. Entonces asumí que aquel era el momento clímax de la creciente marea y que el mar no podría ir más allá de lo que ya estaba. Este pensamiento tranquilizó la alarma y me ayudó a concentrarme en la lectura. Después de un rato era evidente que la choza se había movido hacia las aguas o que éstas se habían salido más de la cuenta. Parecía entonces que la choza no estaba ya sobre la playa sino sobre el mar. Con todo, la superficie de la choza se encontraba mayoritariamente seca, con excepción de algunas salpicaduras que habían dejado las olas al estrellarse contra los bordes. La imagen era entonces la de una choza-barca iniciando su caminito de ultramar: zarpando, como quien dice. Me pregunté entonces qué extraños mecanismos hacían que la choza flotara en el mar en lugar de hundirse en éste, y también me pregunté si dicho fenómeno tenía que ver con algún artilugio de Nasreddin, el sudanés que me había rentado la cabaña y que se encargaba de construirlas y reconstruirlas cada tantas marejadas. Y estaba embelesado con la exploración de estos misterios, con la búsqueda de una explicación medianamente verosímil, cuando me descubrí a varios metros de la costa y navegando mar adentro en una choza que parecía tener rumbo propio, con las pocas cosas que me quedaban intactas y con una lectura matutina media avanzada. Había amanecido del todo, y en ese momento el mar parecía tan manso y el sol tan tibio que la preocupación se adormeció y las preguntas iniciales con respecto al fenómeno de flotación cedieron a una especia de contemplación deslumbrada: un abandono similar al que uno hace cuando deja de buscar explicaciones a los fenómenos fotosensibles que hacen que cielo parezca una manta escarlata cuando el sol se empieza a ocultar, y se entrega sin más a la contemplación de un atardecer encendido que seduce gaviotas y revive la nostalgia por unas piernas danzarinas o por una cabellera enredada de hace algunos mares atrás. Y en eso estaba cuando me encontré en mitad del Golfo de Aqaba, flotando en una choza de palma donde hacía unas horas dormía extenuado en las playas de Nweiba. Y ahora aquí, en mitad de las aguas, el sol en su cénit, me he puesto a escribir sin saber muy bien cuál será el destino de la choza navegante; si los artilugios de Nasreddin serán lo suficientemente resistentes para mantener la choza a flote hasta que toque tierra, si el misterio resistirá hasta llegar a las montañas de Arabia Saudí, que ya no se ven tan lejos.

viernes, 5 de febrero de 2010

Tribus y léxicos

El Difractario es una columna de divulgación científica, aunque a veces no parezca. Puede que no parezca, en parte, porque solemos pensar que la divulgación científica trata sobre temas insólitos y alejados de la vida cotidiana, usualmente reservados para un grupo selecto de científicas/os al interior de tales o cuales disciplinas. La lógica de la divulgación científica consiste en ‘bajar’ los temas altamente especializados al terreno de las personas ‘comunes y corrientes’. El divulgador es una especie de ‘traductor’ entre idiomas; el científico y el popular. Pero siempre resulta posible, y más divertido, socavar estas asunciones e intentar emprender la caminata desde otro lugar.
La inercia que me gustaría poner de cabeza es la idea de que el lenguaje científico es esencialmente diferente del lenguaje literario y del popular. La ‘cocina discursiva’ es la misma para los distintos ‘idiomas’, a pesar de que cada bando se empeña en reclamar sus exclusividades. El lenguaje científico no es más ‘veraz’ que los otros dos, en el sentido de que refleje con mayor fidelidad las cosas y, si me apuras mucho, tampoco los otros son necesariamente más metafóricos, prácticos o estéticos. Evidentemente, existen diferencias suficientes para distinguir entre uno y los otros. Pero estas diferencias se deben, en primer lugar, a asuntos de estilo más que de naturaleza: así como el género de la novela tiene ciertos recursos básicos a través de los cuales se desarrolla (los personajes, la construcción de la trama), los artículos científicos tienen también unos recursos específicos, ciertos tipos de personajes y cierta lógica para desarrollar la historia. El filósofo Richard Rorty ya argumentó lúcidamente -para rabia de los científicos puristas- en torno a la ciencia como un género literario más, como cualquier otro, como todos. Pero no sólo desde la filosofía se ha dicho esto, la antropología, la lingüística, los estudios del discurso y el saber popular también se dan cuenta de que, a la hora de la verdad, la cuestión es comunicar – de la manera más efectiva posible, para los fines que la circunstancia requiera-. Por otro lado, sobran estudios que hacen evidente las floridas metáforas del supuesto lenguaje objetivo, la rigidez retórica de mucho del lenguaje literario, y la capacidad normativa y reguladora del lenguaje popular. Queda claro que los distintos ‘idiomas’ difieren en sus léxicos, pero más seguido de lo que pensamos estos léxicos se crean a partir de las contaminaciones mutuas. El habla común adopta términos del lenguaje científico y también nutre sus arcas. Una buena parte de las grandes teorías se han construido utilizando figuras de la literatura, y viceversa (¡Dostoievski, Freud, Darwin!).
La otra diferencia entre estos lenguajes es más bien social. Los distintos ‘idiomas’ son hablados por distintas ‘tribus’ o en diferentes situaciones. Y cada gueto reclama su terruño de estilo retórico como si fuera el más justo, el más bello o el mejor. De hecho, decir que algo suena ‘muy académico’ o ‘muy poético’ puede ser inclusive una desacreditación, dependiendo de quién haya lanzado la piedra y en qué contexto.
A mí me gustaría quedarme en los intersticios, rechazar cualquier pertenencia exclusiva a una de estas tribus y poder transitar entre ellas como un nómada. Hacer borrosas las fronteras que los separan y olvidarme de los manuales del buen estilo. Claro, esta postura tiene la desventaja de que uno siempre termina quedando mal con alguien: con unos por ser muy anecdótico, con otros por sonar muy académico. En cualquier caso, me parece que el truquito de la divulgación científica no debería ser ‘traducir de un idioma a otro’, sino mezclarlos, violar sus fronteras, hacer nuevos. Alguien podrá decir que esto no es ‘divulgación científica’; no me preocupa mucho tal acusación. Finalmente, el término mismo pertenece a los dominios de una tribu, y puede que en parajes nuevos no sea tan útil o necesario. Otros podrán decir que el lenguaje científico siempre tendrá la desventaja de ser bastante críptico, elitista y rígido. Y yo preguntaría: ¿no será que esto sucede porque no nos lo apropiamos desde la cotidianeidad?