
“Estamos en el año 2027. La especie humana se ha vuelto infecunda y el habitante más joven de la Tierra, nacido hace dieciocho años, acaba de morir en Buenos Aires. El Reino Unido vive en estado permanente de emergencia: brigadas antiterroristas persiguen a inmigrantes ilegales, y el poder estatal controla a la población decreciente que vegeta en un hedonismo estéril.” Así narra el filósofo esloveno Slavoj Žižek el escenario en que discurre la película Children of Men (Niños del hombre), de Alfonso Cuarón. Apunta, además, que este escenario juega, atípicamente, un rol central en la historia. En contraste con la tradición cinematográfica hollywoodiense, donde el escenario sirve sólo como telón secundario, como parapeto para que el héroe realice su hazaña o para el feliz reencuentro de los amantes, el escenario que Cuarón nos ofrece puede leerse también como la tesis central del argumento, como la médula del problema que se plantea. El trasfondo de un Londres caótico, violento, policial, ingobernable. El nuevo apartheid mundial. La inmigración, el control de las fronteras, son la gran amenaza y la gran guerra en un contexto donde la especie humana no puede reproducirse más. Por el otro lado, la post-crisis de la sociedad del hiperconsumo y la cultura mediática. En palabras resumidas, nadie más vendrá a este mundo y quedan los restos de una especie beligerante y en decadencia social y cultural. Žižek se pregunta si ese escenario, que acompaña y da sentido a toda la trama, es algo más que una imagen apocalíptica de la ciencia ficción de la industria del entretenimiento. A lo mejor –piensa- ese hipotético escenario es también el telón de fondo de nuestras vidas: “¿No son acaso estos dos aspectos –la permisividad hedonista, además de las nuevas formas de apartheid social y control basados en el miedo– los que caracterizan a nuestras sociedades?”
Cuarón y Žižek coinciden en que la tiranía de nuestro tiempo ya no tiene el rostro del Gran Hermano, el gran aparato sombrío y burocrático, explícitamente autoritario. La tiranía de nuestro tiempo viene en envase mejorado, su presentación es sofisticada y sus maniobras plásticas y estilizadas. Cuarón dice que la tiranía del siglo XXI bien podría llamarse “democracia”. Y Žižek lo elabora: “esta es la razón por la que los gobernantes del mundo actual no son burócratas orwellianos totalitarios, grises y uniformados, sino administradores democráticos ilustrados y cultos, y cada uno o cada una con su propio ‘estilo de vida’”.
El filósofo usa el cine como un dispositivo de pensamiento. Explota la potencia visionaria que surge del contacto entre la ciencia y la ciencia ficción. El futuro que puede explicar el presente. “Niños del hombre no es, obviamente, una película sobre la esterilidad como problema biológico. La infertilidad de la que trata la película de Cuarón fue diagnosticada hace mucho por Friedrich Nietzsche, cuando percibió el modo en que la civilización occidental avanzaba en dirección al Último Hombre, una criatura apática, sin grandes pasiones o compromisos. Incapaz de soñar y cansado de la vida, no asume ningún riesgo y sólo busca lo cómodo y lo seguro, una manifestación de tolerancia hacia todos.” Pero esta tolerancia, valor pregonado en las sociedades occidentales neoliberales, cada vez más adquiere la forma de “condena de cualquier cercanía excesiva de otro ser humano real, con sus deseos, temores y placeres”. Tolerancia suele significar que “el otro es aceptable mientras su presencia no sea invasora, mientras el otro no sea realmente otro.”
A estas reflexiones nos invitan Žižek y Cuarón. A plantearnos el fin del mundo, la decadencia de la especie, como una cosa de hoy, como un síntoma de nuestro tiempo. Quienes crean y recrean estas ficciones están también discutiendo. Además de ocio, el cine es también un espejo. O, mejor dicho, una pizarra donde vamos escribiéndonos. Y ahora estamos ahí, en mitad de la escena, buscando desesperadamente la barquilla de nuestra supervivencia.
